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Crítica: Temporada de Coreógrafos Internacionales 2018 del Ballet Nacional del Perú

Cuatro piezas neoclásicas de Monique Meunier, Mark Godden y Jerry Opdenaker. Un estreno mundial.

Publicado: 2018-05-15

Hace tres años, el Ballet Nacional se planteó el reto de reformular su propuesta estilística. El repertorio mayoritariamente romántico de la compañía –con ocasionales incrustaciones modernistas o nacionalistas– ha recibido una terapia de electroshocks. La nueva dirección está trazada por Jimmy Gamonet, un coreógrafo peruano que desarrolló la mayor parte de su carrera en Estados Unidos, y que ha vuelto a nuestro país luego de haber recibido importantes reconocimientos por su trabajo con el Miami City Ballet y el Ballet Gamonet. 

Durante su gestión, el Ballet Nacional ha presentado, además de unas cuantas propuestas de corte más contemporáneo, una consistente serie de ballets neoclásicos, ya sea de larga duración o en formatos más cortos, desde piezas creadas por el propio Gamonet –como la reciente Romeo y Julieta, con música de Prokófiev– hasta obras relacionadas con el origen de ese estilo (Apolo de Balanchine).

Esta temporada sigue aquella tendencia. Es un programa de concierto que consta de cuatro coreografías de tres autores distintos: los estadounidenses Jerry Opdenaker, Monique Meunier y Mark Godden. Este último ha firmado su tercera colaboración con el Ballet Nacional, luego de haber estrenado en Perú dos otras piezas propias: Angels in the Architecture en 2015, y As Above So Below en 2016. Opdenaker y Meunier, en cambio, presentan por primera su trabajo en Lima.

La gran novedad de la temporada es el estreno mundial de Quantic Episodes, de Meunier, una obra creada específicamente para el Ballet Nacional. La pieza, de unos 25 minutos de duración, ha sido colocada estratégicamente al final del programa; es la coreografía más larga de la velada y la más ambiciosa en cuanto a la de cantidad de ejecutantes requeridos.

De padre cubano y madre ecuatoriana, Meunier ha tenido una fructífera relación con la tradición de ballet neoclásico. A fines de los noventa e inicios de los 2000, interpretó papeles en piezas de maestros como Balanchine, Robbins, Martins, Wheeldon y Forsythe. Privilegios de ser bailarina principal del New York City Ballet, una compañía cuyo prestigio está asociado en parte a su versatilidad en este estilo. Y por lo que podemos ver en este montaje, Meunier se perfila, también en su trabajo coreográfico, como una seria representante de aquella tradición.

La música de Quantic Episodes es una pieza minimalista de Steve Reich para sexteto amplificado, titulada City Life (1995). Sus engranajes de polirritmos anuncian un itinerario abstracto, apropiadamente no narrativo para la coreografía. El acento está en la dinámica grupal, aunque la cantidad de bailarines varía a lo largo de la pieza.

Hay ideas interesantes en esos cuadros grupales, pero es en realidad en los solos y dúos en los que aparecen las mejores performances. Especialmente en un pas de deux a cargo de Rina Barrantes y Ariam León, un episodio brillante que condensa el fermento conceptual de la obra: el juego dialéctico entre la igualdad y la individualidad en las interacciones humanas. La coreografía despliega sugerentes simetrías para luego quebrarlas: los bailarines ejecutan movimientos similares, pero incorporándolos en estilos de baile radicalmente distintos. Ella se mueve con una elegancia clásica y contenida; él libera una energía felina. Lo dionisíaco se acopla a lo apolíneo mediante un sofisticado juego de espejos.

En cambio, en los números grupales, no todos los bailarines exhibieron el mismo nivel de destreza. Al cuerpo de baile le faltó precisión, aunque hubo cuadros impactantes que fueron interpretados de manera soberbia. El final, sobre todo, que transmite una serena armonía, como la gracia de un orden mantenido estoicamente, no perturbado por las ocasionales subversiones eróticas de León.

Coeur de Basque de Jerry Opdenaker, la coreografía que abre el programa, adolece de una música más bien trivial –una especie de pop latino genérico– y de una estética menos elaborada. Aunque está bien resuelta técnicamente, estamos lejos de la rara belleza que ofrecen otras propuestas en el mismo programa. Lo mejor: el trabajo de la dupla Juan Pablo Rodríguez – Michelle Gereda. Gereda es la bailarina más diestra del elenco en situaciones peligrosas. Es precisa en las acrobacias aéreas y confiable en los movimientos de alta velocidad. Verla bailar no es tan distinto a admirar un riesgoso despliegue de artes marciales. María del Mar Llontop también se hizo notar con buena contribuciones, aunque en una clave más delicada y poética.

Monhirok, también de Opdenaker, fue la pieza más breve del programa. Mantuvo ese estilo un poco kitsch y posmoderno de la obra anterior, aunque con resultados más estimulantes. Los referentes parecen venir del pasado: hay una imaginería como de cine antiguo, con una iluminación minimalista y encantadora que consiste en un cañón que sigue a los bailarines sobre un fondo que va cambiando de colores.

En realidad, se trata de la coreografía más clásica de la temporada: un pas de deux apasionado, con apenas una pisca de ironía, ejecutado de manera impecable por Keny Murias y Marber Lloréns. Lloréns es un caso aparte. Es una intérprete que ha mantenido un perfil bajo en el repertorio contemporáneo, pero que en un registro cercano a lo clásico alcanza momentos deslumbrantes.

En tanto, Miroirs de Mark Godden es, a mi modo de ver, la propuesta más lograda de esta temporada. Es, a la vez, la pieza más virtuosa, la más abstracta y la que incluye un inesperado quiebre cómico. Está estructurada en cinco movimientos, siguiendo el diseño de la famosa suite homónima para piano de Maurice Ravel.

El orden abstracto y la gestualidad angular que gobiernan la coreografía parecen emanar directamente de la partitura. El primer movimiento y el último son los más prolíficos en simetrías. La coreografía tiene una sorprendente fluidez (en el último movimiento, el trabajo de Alfredo Ibáñez es exquisito) y cualidades atmosféricas, por momentos subacuáticas. Los intérpretes generan figuras que se mimetizan con los acordes impresionistas de la música, con sus crescendos y diminuendos. Hay un uso muy expresivo de brazos y manos, pero es una expresividad despersonalizada, de pureza geométrica.

El segundo movimiento es otro excelente pas de deux a cargo de León y Barrantes. La precisión de las cargadas, la sincronización, los cambios de velocidad, son impecables. Pero el cuarto movimiento es el momento más especial: es el único solo extendido de todo el programa, el único número que incluye utilería (una pluma y un pergamino) y el único que plantea una situación abiertamente cómica. Maynard Miranda interpreta a una especie de escriba-bufón, un personaje improbable que no logra terminar de anotar algo que le urge dejar por escrito.

La situación se podría prestar para una exploración de lo ridículo y lo absurdo, pero Godden ofrece algo distinto: una comicidad estilizada por una gracia apolínea (en eso recuerda un poco a Béjart). Aunque es alegre y caprichoso como un fauno, el escriba también forma parte del mecanismo. Ejecuta figuras entre graciosas y enigmáticas en las que lo cómico roza la abstracción.

Además de excelente bailarín, Miranda parece una versión atlética y amigable del personaje de Tadzio en La muerte en Venecia. Obviamente, se roba el show.

En la foto: Maynard Miranda (fotos de Javier Gamboa).


Escrito por

Alonso Almenara

Escribo en La Mula.


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