sin ciencia no hay futuro

robert pattinson interpretará próximamente al personaje de dc cómics.

Merecemos un mejor Batman

Sobre Robert Pattinson, David Cronenberg y la economía en el universo del hombre murciélago.

Publicado: 2019-06-06

La confirmación de que Robert Pattinson interpretará a Batman en la pantalla grande me parece extremadamente sugerente. Y apostaría a que quienes se burlan de esta decisión no han visto Cosmopolis de Cronenberg. 

En Cosmopolis, Pattinson interpreta a un genio de la especulación bursátil, un joven billonario de rasgos excéntricos que reflexiona sobre el sentido de la vida y fantasea con adquirir la Capilla Rothko mientras se dirige en limusina hacia la peluquería. La actuación de Pattinson en ese film es soberbia, pero lo que quiero resaltar aquí es que su retrato de Erik Packer –así se llama el protagonista de Cosmopolis– nos permite imaginar algo nuevo, una faceta distinta del magnate Bruno Díaz.

A decir verdad, Packer tiene todo lo que le falta a Díaz para ser un personaje verosímil: una fascinación evidente por los mecanismos que permiten la acumulación del capital, y una subjetividad que en alguna medida parece haber sido producida por el sistema económico del que Packer sabe beneficiarse tan bien. Si Packer tiene un halo trágico es porque encarna precisamente ese orden, porque es su más perfecto producto. Representa el tipo de superhombre que expectora el capitalismo tardío, un visionario de Wall Street que no necesita producir nada para enriquece y que se mueve siempre, hábilmente, al filo de la ley. En ese sentido, su crisis trasciende lo personal. Cosmopolis combina imágenes casi apocalípticas –multiplicación de disturbios sociales, severo malestar en la cultura popular y en la intimidad de las relaciones humanas– con ecos de la crisis bursátil de 2008, de modo que el proceso de su protagonista está inscrito en una trayectoria más amplia. Esa trayectoria finaliza, nos es sugerido, en la crisis planetaria de todo un paradigma económico.

Podemos observar en este punto que el carácter visionario de Packer resuena con una imaginería de cómic. La capacidad racional superhumana de este personaje para "sintonizar" con el plano abstracto/matemático en el que se mueven los flujos de capital viene acompañada de la creencia --también común en el mundo de historietas-- de que él mismo no debe cuentas a nadie y de que está situado más allá del bien y del mal. Es esto lo que habilita su comportamiento excéntrico. Pero la trama incorpora una complejidad adicional, y es que registra el momento en que ese mundo ideal (para Packer) se empieza a derrumbar. Como en el caso de los últimos meses de vida del expresidente peruano Alan García, es la historia de un hombre poderoso, construida sobre un desfase entre una creencia raigal en torno a la identidad propia (en García, la creencia de ser un semi-dios que está más allá de la ley; en la película, la creencia de ser un visionario incapaz de cometer errores de cálculo) y la irrupción de lo Real (García: la ley llama a la puerta; Cosmopolis: se desbarata un imperio financiero).

Vayamos más lejos: el tipo psicológico de Packer nos ofrece lo que podríamos llamar una alternativa “crítica” frente a las inconsistencias de un Bruno Díaz. Pensemos en la exasperante relación de Díaz con la justicia. Tal como aparece conceptualizada en los cómics, es una relación ahistórica en lo posible: viene de un trauma infantil y de una fantasía de venganza. En el mundo enrarecido que habita Packer, donde todo es más drástico y extremo, podemos especular que actos justicieros al estilo de Batman siguen siendo enteramente factibles, aunque vaciados de contenido moral. Estamos hablando de la justicia convertida en una suerte de entretenimiento de lujo, como parece que sucede ya con la fiebre filantrópica de personajes como Bill Gates y otros billonarios de la lista Forbes.

Pensándolo bien, es curioso que las complejidades que introduce Nolan en la historia de Batman se sitúen por completo en otros niveles: atañen a una ambivalencia (ya un tanto trillada) frente al uso de la violencia o de la vigilancia para combatir la inseguridad ciudadana. Nolan no explora al Bruno Díaz que hace dinero. Esa dimensión está obviada. La riqueza aparece como una suerte de deus ex machina biográfico, al igual que la sed de justicia. Es como si el complemento determinante de las reflexiones de Nolan sobre la violencia fuera una ingenuidad cabal en torno a las condiciones que hacen de Bruno Díaz un personaje económicamente factible.

Pienso en otro aspecto interesante de la crisis que retrata Cosmopolis, y es que la acción está casi enteramente presentada en tiempo real; lo que, de un lado, tiene el beneficio de prestarse a una densa exploración psicológica, pero que además parece ser un reflejo, a nivel formal, del modo de funcionamiento ininterrumpido e infinitesimal de la especulación financiera contemporánea. El drama “real” se desarrolla como por detrás o por encima de las acciones del protagonista: es una crisis latente, que evoluciona con la misma mezcla glacial de lógica inapelable y de volatilidad que caracteriza el comportamiento de la bolsa de valores.

Este tipo de correspondencia formal aparece también en películas de otro corte, más cercanas al estilo de Batman. En la saga Bourne, por ejemplo (como ha notado Mark Fisher), la edición presenta una temporalidad licuada en una especie de presente continuo; también la continuidad del espacio se ve afectada, con vertiginosos saltos de un país a otro, sin transiciones ni respiros. Podemos decir que la acción adquiere una velocidad y una ubicuidad que se mimetizan con las cualidades más visibles del capital transnacional.

En suma, tenemos en estas películas dramas humanos más o menos convencionales situados en un primer plano, aunque me permitiría especular con que de lo que realmente nos hablan es de flujos e intensidades ubicados en otro nivel de abstracción. La contemporaneidad de estas narrativas se cifra no en sus efectos especiales, sus caras bonitas o sus temas cosmopolitas, sino en que tratan, me parece, de la posibilidad misma de representar aquellos flujos e intensidades en un cine de tipo comercial. El destino ha sido reescrito aquí en términos de procesos automatizados; la pérdida del control sobre sí mismo como un daño colateral de la penetración del capital globalizado en todos los resquicios de la realidad.

Y un Batman en ese estilo no estaría de más.


Escrito por

Alonso Almenara

Escribo en La Mula.


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