sin ciencia no hay futuro

Reseña especulativa: Pangea, de Lucho Quequezana

Publicado: 2019-06-06

Lucho Quequezana es el músico prototípico de la modernidad peruana. 

Las raíces de su obra están en la música latinoamericana que se suele escuchar en las estaciones de metro europeas: una música genérica e impostada que Quequezana transforma hábilmente, si cabe la expresión, en una especie de rock progresivo de hálito exótico. 

Su trabajo también es reminiscente de la música enlatada que acompaña el consumo en restaurantes, hoteles y supermercados. Dicho de otro modo, su propuesta es una adaptación de los sonidos que solemos asociar a lo que Marc Augé llamó "no lugares", espacios de tránsito que definen el crecimiento de la ciudad contemporánea. 

En ese sentido, sus canciones me recuerdan los cuadros de abstracción telúrica que adornan los lobbies de innumerables hoteles miraflorinos. Esas especies de malas imitaciones de Szyszlo con las que convivimos casi sin prestarles atención, y que configuran una suerte de economía del chorreo en las artes plásticas peruanas: una adaptación idealizada del gusto de las clases altas de los 50/60 para los espacios de tránsito de la Lima emergente contemporánea. 

Tal vez no esté de más decir que en esa apropiación --a destiempo y masificada-- se juega una cierta imagen utópica de modernidad local (y sus límites). 

Con Quequezana, no obstante, ese "chorreo" estético se invierte: no son ya formas degradadas de imágenes prestigiosas las que se abaratan y masifican, sino la estética misma del no-lugar exotizado la que ingresa, con bombos y platillos, al escenario consagratorio del Gran Teatro Nacional (y a un circuito internacional de conciertos y presentaciones gracias a las ayudas de PromPerú y el Ministerio de Cultura).

Pareciera, en todo caso, que estos cuadros y estas canciones dicen algo importante. Si me interesan del todo, es porque sospecho que en su falsedad ostentosa y en su fracaso como objetos estéticos están cifrados los fracasos políticos de nuestra modernidad.


Escrito por

Alonso Almenara

Escribo en La Mula.


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